“NO QUIERO QUE LAS LENGUAS DE MIS ABUELOS SE MUERAN” de Jorge Miguel Cocom Pech.

Si no existieran flores, cantos y pájaros en los sueños,
si no existieran hombres que los graben en las venas del relámpago;
la lluvia: suelta crin de hirsutos cabellos transparentes,
enorme pestaña cristalina de los vientos,
sólo sería un sueño de agua en época de estiajes.
Pero la flor, es agua que el árbol recoge del arco iris;
pero el canto, es un murmullo que el viento le roba a los pájaros;
pero los pájaros, son infinidad de hojas que se vuelven canto.
¿Qué es mi voz, que apenas la oigo en la multitud de gruñidos metálicos?
¿En dónde quedó mi voz, perdida en el laberinto de voces silenciadas?
Mi voz, cuando busca el camino de los grandes santuarios,
cuando golpea la puerta de los palacios del gobierno,
ha dejado de ser callado silencio, que no arrodilla a la espera de mendrugos.
Mi voz, la voz de mi pueblo, la que ahora se expresa en las mantas
y marchas que molestan en las grandes ciudades:
es un desfile de hormigas con banderolas rojas,
es una protesta que blande metáforas en sus manos,
y está dispuesta a oír y a oírse, más allá de sus reclamos acallados.
Mi voz, voces de mil pájaros que abandonaron sus árboles,
es un conjuro en el crepitar de las estrellas,
anónimo registro de la edad de mis sueños,
calendario impreso en el rostro de una estela.
Mi voz, me guste, o no guste a oídos ajenos,
es una puerta que se abre solicita para el diálogo.
Si molesta, quisieran que acuda en busca de curas, vírgenes y falsos profetas,
y bajo el dominio de cruces y sotanas,
y bajo el dominio de colores partidarios,
pretenden convertirla en estiércol de propaganda mercenaria.
Mi voz, si protesta,
repiten algunos periódicos, a veces la tele, a veces la radio:
merece la cripta, merece el epitafio, merece el silencio de los camposantos.
Pero mi voz no salió para expresarse en quebranto:
está en la ternura de niño que escribe con pétalos,
en el rostro del maíz que no se convierte en anciano,
en la mujer india que no quiere una suerte de harapos,
en las lenguas nativas: dulces y profundas,
y es un himno camarada que convoca a la perpetuidad del diálogo.
No quiero que las lenguas de mis abuelos se mueran,
ni quiero para sus voces un sepulcro inmediato.
Quiero que se exprese en el color del vestuario,
en la vasija donde danzan el faisán y el venado,
en la cestería, jardín privilegiado de mis manos,
en mis pies en donde salta la música de mi cuerpo,
en el metal de la orfebrería que atrapa los ocasos,
en las grecas de tinajas y cántaros sedientos
en los juguetes de madera y en las piñatas de colores,
en el papalote, pájaro sin canto, mensajero de mis sueños,
en los dibujos del petate que alojó el cuerpo de los abuelos,
en la flauta de madera, voz primigenia de los pájaros,
y en el tambor, voz señera del corazón de mi selva devastada,
pulso donde laten los últimos pedazos de mi historia.

Jorge Miguel Cocom Pech poeta originario que escribe lengua maya yucateca.

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