“No te voy a decir” de Ángel Augier.
No te voy a decir
que quiero ser la arena
que tus pies desnudos acaricie,
ni los rayos del sol que bajen jubilosos
a dorar más aún
la fina miel que forma tu epidermis,
ni el agua que la abrace con su espuma
ni el viento que la bese
y agite sus cabellos.
Sólo quiero pedirte que no dejes
que el beso y la caricia
de la arena y las olas,
de la luz y del aire,
destruyan la huellas de los míos
ni mi recuerdo que te sigue
como muda presencia inevitable.
En de la obra poética de Ángel Augier sobresalen los títulos “Isla en el tacto”, “Todo el mar en la ola” y “Antología poética”. Entre éstos, el poemario Isla en el tacto es considerada su obra más lograda; esta vio la luz en 1965 y fue muy bien recibida por la crítica y el público. Sobre ella, Antonio Núñez Jiménez expresó:
Isla en el tacto es uno de los poemas capitales de la historia de la literatura cubana, tanto en sus aspectos formales como en los de contenido social.
“Isla en el tacto” de Ángel Augier.
Cosida al mar y al viento por puntuadas olas
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los mapas
y se disuelve en sal la geografía.
Soledad por tu sol y por tu ola:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de azúcar.
En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su túnica.
Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida, musical transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonidos
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ola en la luz, luz rota en la ola:
Ola, ala de sal que interminable vuela en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.
Desde todos sus pétalos la rosa de los vientos
desde todas sus hojas
olas de verdeazul lanza cada segundo
sobre tu acantilado relieve de desnuda
y abierta geometría.
Desde qué edad remota, desde qué día sin año,
isla mía sonora,
ya en su oficio sin pausa lanza la rosa insomne
olas prefabricadas, en serie, arquitectónicas,
con sus crestas perfectas, con su lote de espumas,
con su rumor secreto de amante silencioso,
con su clamor de enfurecido amante,
con su caricia apenas insinuada,
con su látigo sordo, su lenta cuchillada, su constante golpear,
ese ceñir sin tregua con sus líquidas manos,
con sus dedos de espumas
la extensión que se alarga, se cierra, se despliega,
la extensión que está anclada
en su firme frontera submarina,
esa incansable, ciega, salvaje, tierna, dominante costumbre
de no cesar de no cesar de no cesar
en el ardiente ceñir de tu collar de olas.
Ángel Augier también incursionó en el periodismo. Paralelamente, se desempeñó como vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. También, ocupó la subdirección del Instituto de Literatura y Lingüística. Fue presidente de la Fundación Nicolás Guillén, a quien le unió gran amistad. Por otra parte, fundó la Revista de Literatura Cubana, formó parte de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), y del Consejo Asesor del Centro de Estudios Martianos.
“El mar”, de Ángel Augier.
Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle.
La masa espesa se mece y se deshace en espuma,
en olas; se contrae y distiende, se agita y calma,
se enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse.
La espesa masa no descansa: moja, hunde, ahoga;
su corrosivo hálito de salitre, esa onda salada y húmeda,
está ahí siempre incansable, y el espumoso oleaje de gelatina,
azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar.
Y es difícil asirlo, levantarlo.
Quizás sea preferible dejarlo donde está,
hasta que pueda alzarse por sí solo.
O hasta cuando lentamente se deseque por cansancio.
O por aburrimiento.
Nuestro poeta, Ángel Augier, falleció a los noventa y nueve años, el 21 de enero del año 2010.