De autores de poesía de amor y erotica existen cuantiosos exponentes.
Sobre el tema, amor y erotismo, algunos especialistas afirman que ambos ingredientes se complementan entre si, es decir, el primero es una elección y el segundo la aceptación, reconociendo al erotismo como un acercamiento al auto-conocimiento de los seres humanos.
“Deseo” de la poeta cubana Dulce María Loynaz.
Que la vida no vaya más allá de tus brazos.
Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos,
que tus brazos me ciñan entera y temblorosa
sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra…
Que me sean tus brazos horizonte y camino,
camino breve y único horizonte de carne:
que la vida no vaya más allá… ¡Que la muerte
se parezca a esta muerte caliente en tus brazos!…
“Soneto” del poeta y revolucionario cubano de mediados del siglo XX Rubén Martínez Villena.
Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.
Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.
Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;
y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.
El erotismo se supedita a la disyuntiva de una época, lugar y cultura determinada, además de las formas de relaciones entre los seres que lo proyectan y lo experimentan, la poesía no se desembaraza a estas peculiaridades.
Es la obra de José Lezama Lima una muestra de la poesía erótica cubana del siglo XX. Lezama es dueño de una propuesta poética imaginativa, abierta, caracterizada por recrear visiones, un reservado instinto y una exuberancia expresiva. Fue una constante en su obra revelarnos el misterio de la poesía.
“El Abrazo” de José Lezama Lima.
Los dos cuerpos
avanzan, después de romper el espejo
intermedio, cada cuerpo reproduce
el que está enfrente, comenzando
a sudar como los espejos.
Saben que hay un momento
en que los pellizcará una sombra
algo como el rocío, indetenible como el humo.
La respiración desconocida
de lo otro, del cielo que se inclina
y parpadea, se rompe
muy despacio esa cáscara de huevo.
La mano puesta en el hombro de la mujer.
Nace en ellos otro temblor,
el invisible, el intocable, el que está ahí,
grande como la casa, que es otro cuerpo
que contiene y luego se precipita
en un río invisible, intocable.
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar
a la tierra descifrada,
están ahora en el cuerpo sellado.
Comienza apoyándose enteramente,
un cuerpo oscuro que penetra
en la otra luz
que se va volviendo oscura
y que es ella ahora la que comienza
a penetrar.
Lo oscuro húmedo que desciende
en nuestro cuerpo.
Tiemblan como la llama
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro.
La penetración en lo oscuro,
pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente,
después luminoso
como los ojos acabados de nacer,
cuando comienzan su victoriosa aprobación.