Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala,
para probarlo me cuenta
que es arisca y mal criada
y que cien veces al día
todo el batey la regaña.
Que a la hija de un colono,
le dio ayer una pedrada,
y que la del mayoral
le puso roja la cara,
quién sabe con qué razones
por nosotros ignoradas.
Que si la visten de limpio
al poco rato su bata
está rota o está sucia,
que anda siempre despeinada,
que no estudia la lección
y nunca sabe la tabla,
que el sábado y el domingo
se pierde en las guardarrayas
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas.
Y yo pregunto: “Vecino,
vecino de mala entraña,
¿quién puede decir que sea
por eso mi niña mala?.
Si hubieras visto lo íntimo
de su vida y de su alma
como lo ha visto el maestro
¡Qué diferente pensara…!
Verdad que siempre está ausente,
pero si viene no falta,
entre sus manitas breves
un ramo de rosas blancas
para poner al Martí
que tengo a mitad del aula.
Con quien no tenga merienda
parte a gusto su naranja;
si cantamos al salir
se oye su voz la más alta,
su voz que es limpia y alegre
como arpegio de guitarra.
Y cuando explico aritmética
le resulta tan abstracta
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en los recreos,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa: la única
niña negra de mi aula.
A veces le llama Luisa
y a veces le dice: ¡Hermana!.
Y cuentan los que la vieron
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro
era la que más lloraba.
Cuando se premie el cariño
y lo rebelde del alma,
cuando se entienda la risa
y se le cante a la gracia,
cuando la justicia rompa
entre mi pueblo y su marcha
y el tierno botón de un niño
sea una flor en la esperanza,
habrá que poner al pecho
de mi niña una medalla
aunque el batey, malicioso,
me le dé tan mala fama,
y tú -mi pobre vecino-
no entiendas una palabra.
(…) La historia tiene su origen en la Cuba de finales de 1937, cuando el Maestro Cívico Rural, Raúl Ferrer Pérez, un joven de poco más de 20 años, llegó a la escuelita del batey del central Narcisa, antigua provincia de Las Villas, en compañía de su coetáneo Onelio Jorge Cardoso –reconocido en las letras cubanas como el Cuentero Mayor-, con la encomienda más grande que se le puede plantear a ser humano: enseñar. Tenían muchos deseos de llenar el mundo de luces, porque conocían toda la oscuridad del campo, en especial, el lastre de la ignorancia.
Era el inicio del curso escolar, y el primer día el optimismo de Raúl tuvo una especie de desequilibrio, cuando apreció que una parte considerable de los muchachos estaban ausentes por falta de zapatos. Luego de pensar ágilmente qué hacer, encontró la solución: ¡todos descalzos!
Aquel gesto provocó que los niños asistieran, pero también que, frente a ese hombre nacido para el magisterio, se apreciaran menos las desigualdades que siempre ha generado la pobreza extrema, al decirles a todos
“las riquezas de la tierra penetran por los pies y ayudan a afianzar los conocimientos”
(Tomado de un artículo de la revista Bohemia)