“EL SAN JERÓNIMO” (Leonardo da Vinci’s Saint Jerome), de Marianne Moore.

De Leonardo da Vinci y su león
en esa ermita de muros derrocados,
comparten refugio para un sabio
-marco idóneo para el apasionado y lúcido
Jerónimo versado en el lenguaje-
y para un león pariente de aquel en cuya piel
no dejó huella el garrote de Hércules.
La bestia, recibida como un huésped,
aunque algunos monjes huyeran
-con su pata curada
que una espina del desierto había enrojecido-
guardaba el asno del monasterio…
que desapareció –según Jerónimo pensó-
devorado por el guardián.
Así el huésped, como un asno,
sin ofrecer resistencia, fue encargado de transportar la leña;
pero, poco después, el león reconoció
al asno y entregó toda la caravana de camellos
de sus aterrorizados ladrones al afligido
san Jerónimo. La bestia absuelta y
el santo quedaron de esa suerte hermanados;
y desde entonces su similar aspecto y comportamiento
estableció su parentesco leonino.
Pacífico, aunque apasionado
-porque de no ser ambas cosas,
¿cómo podría ser grande?-
Jerónimo –debilitado por las pruebas sufridas-
la cintura afilada comiera lo que comiera,
nos dejó la Vulgata. Bajo el signo de Leo,
la crecida del Nilo ponía fin a la hambruna,
lo que hizo de la boca del león un elemento apropiado para las fuentes,
un emblema que si no es universal al menos no es oscuro.
Y aquí, aunque solo sea un esbozo, la astronomía
o los pálidos colores hacen que la dorada pareja
en el dibujo de Leonardo da Vinci parezca
bronceada por el sol. Resplandece, cuadro,
santo, animal; y tú, León Haile Selassie, con tu escolta
de leones símbolo de soberanía.

Marianne Moore. Escritora y poeta modernista estadounidense galardonada con el premio pulitzer.

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