El escritor y periodista mexicano Renato Leduc gozó de una gran popularidad que, en parte, se debió a su soneto inspirado en el tiempo. Cuentan que cierto amigo lo retó con un pie de verso que rezaba Tiempo al tiempo; pero el desafío supuso una tarea tan difícil para Renato, que no pudo vencerlo en el acto. Sin embargo, Leduc insistió luego, hasta que, finalmente, compuso este poema de extenso titulo: “AQUÍ SE HABLA DEL TIEMPO PERDIDO QUE, COMO DICE EL DICHO, LOS SANTOS LO LLORAN”. Este poema de Renato Leduc forma parte de la colección Breve glosa al Libro de buen amor, y generó el interés de numerosos autores y cantantes mexicanos.
Sabia virtud de conocer el tiempo,
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…
que de amor y dolor alivia el tiempo.
Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo,
tan acremente como en ese tiempo.
Amar queriendo como en otro tiempo…
ignoraba yo aún que el tiempo es oro
cuánto tiempo perdí –ay- cuánto tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo…
La palabra tiempo procede del latín tempus; y designa a una magnitud que el ser humano debió crear para establecer la duración de cada suceso.
“CARTA AL TIEMPO” de la nicaragüense Claribel Alegría.
Estimado señor:
Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.
Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.
No sea usted tenaz.
Todavía lo veo jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía y no respetaba la humildad de su carácter dulce
y sus zapatos.
Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre para ganarme a mí.
Pobrecito el abuelo.
En su lecho de muerte estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado flotaba entre los muebles
parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más,
usted le hacía señas.
El le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme
Le prohíbo que vuelva.
Cada vez que los veo me recorre las vértebras el frío.
No me persiga más,
se lo suplico.
Hace años que amo a otro y ya no me interesan sus ofrendas.
¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.
Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces,
cuando era yo estudiante,
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo.
No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.
¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.
Aun cuando disponemos de esa máquina llamada reloj, nos sentimos dominados por el tiempo. Las personas somos presa de una gran expectación determinada por la inquietud con respecto al dios Cronos y sus efectos. En dicha incertidumbre involucramos a todo cuanto nos rodea, dígase la naturaleza, el entorno urbano, nuestro cuerpo. Por otro lado, el tiempo también nos dicta que lo aprovechemos al máximo.
Del cubano Eliseo Diego, “TESTAMENTO”.
Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;
habiendo llegado a este tiempo;
y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;
habiendo llegado a este tiempo;
y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;
y no poseyendo más que este tiempo;
no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;
no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;
decido hacer mi testamento.
Es este:
les dejo
el tiempo, todo el tiempo.