“Era un poeta de la luz. Pasaba las horas mirando una copa de árbol, un río, un rostro, una calle, y sentía el placer imborrable de quien sueña con un hombre y una mujer y amanece en la vida”.
José Barroeta, escritor venezolano.
La naturaleza es infinita en su variedad y apariencia, al mismo tiempo ha sido protagonista de exuberantes obras líricas, ideadas por hombres y mujeres de diversas culturas, ideologías y nacionalidades, que se definen poetas. Ellos, dentro de la pluralidad que la caracteriza, le han cantado a los océanos, las flores, el sol, los animales, los bosques y los árboles. Estos últimos, imprescindibles aliados que vivifican nuestra existencia en la tierra y en el universo. He aquí el “Himno al árbol” de la chilena Gabriela Mistral y el uruguayo Juan Zorrilla San Martín.
Árbol hermano,
que clavado por garfios pardos en el suelo,
la clara frente has elevado
en una intensa sed de cielo;
hazme piadoso hacia la escoria
de cuyos limos me mantengo,
sin que se duerma la memoria
del país azul de donde vengo.
Árbol que anuncias al viandante
la suavidad de tu presencia
con tu amplia sombra refrescante
y con el nimbo de tu esencia:
haz que revele mi presencia,
en las praderas de la vida,
mi suave y cálida influencia
de criatura bendecida.
Es la naturaleza generosa con todos los seres que coexisten con ella, igualmente, es portadora de espectáculos únicos e irrepetibles que inspiran y elevan el alma de hombres y mujeres poetas, que nos transmiten un mensaje emotivo a través de sus versos.
Árbol diez veces productor:
el de la poma sonrosada,
el del madero constructor,
el de la brisa perfumada,
el del follaje amparador;
el de las gomas suavizantes
y las resinas milagrosas,
pleno de brazos agobiantes
y de gargantas melodiosas:
hazme en el dar un opulento
¡para igualarte en lo fecundo,
el corazón y el pensamiento
se me hagan vastos como el mundo!
Y todas las actividades
no lleguen nunca a fatigarme:
¡las magnas prodigalidades
salgan de mí sin agotarme!
Árbol, donde es tan sosegada
la pulsación del existir,
y ves mis fuerzas,
la agitada fiebre del mundo, consumir:
hazme sereno, hazme sereno,
de la viril serenidad
que dio a los mármoles helenos
su soplo de divinidad.
Los versos inspirados en la naturaleza exponen su supuesta condición “inanimada”, no obstante dotados de una sensibilidad humana, estos vibran conforme a los fenómenos naturales.
Árbol que no eres otra cosa
que dulce entraña de mujer,
pues cada rama mece airosa
en cada leve nido, un ser:
dame un follaje vasto y denso,
tanto como han de precisar
los que en el bosque humano, inmenso,
rama no hallaron para hogar.
Árbol que donde quiera aliente
tu cuerpo lleno de vigor,
levantarás eternamente
el mismo gesto amparador:
haz que a través de todo estado
—niñez, vejez, placer, dolor—
levante mi alma un invariado y universal gesto de amor.
“Himno al árbol” del uruguayo Juan Zorrilla San Martín.
Plantemos nuestros árboles,
la tierra nos convida:
plantando cantaremos los himnos de la vida;
los cánticos que entonan las ramas y los nidos,
los ritmos escondidos del alma universal.
Plantar es dar la vida al generoso amigo
que nos defiende el aire,
que nos ofrece abrigo;
él crece con el niño, él guarda su memoria,
en el laurel es gloria,
en el olivo es paz.
El árbol tiene un alma que ríe entre las flores,
que piensa en sus perfumes,
que alienta en sus rumores;
él besa con la sombra de su frondosa rama,
él a los hombres ama,
él les reclama amor.
La tierra sin un árbol
está desnuda y muerta,
callado el horizonte,
la soledad desierta;
plantemos para darlo
en palabras y armonías,
latidos y alegrías,
sonrisas y calor.
Proteja Dios el árbol
que plante nuestra mano;
los pájaros aniden en su ramaje anciano;
y canten y celebren la tierra bendecida
que les infunde vida,
que les prodiga amor.
Cada poeta recrea en su obra el lugar donde reside, sea campo o ciudad. Sus versos son reflejo de un paisaje que le es afín, o que lo motiva. Ellos poseen el don de sentir a la naturaleza en su depuración más seductora, con una capacidad expresiva que puede llegar a emocionarnos, así son los poetas.
“Donde hay vida, hay árboles. Donde hay hombres, hay pensamiento. No se puede pensar sin lenguaje. El árbol del lenguaje tiende sus cruces por toda la tierra. Es el árbol que nos habita. En este planeta donde constantemente: “La tierra va a dar a luz un árbol”.